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Reflexiones a las puertas de Acuario

Continuando con el último artículo del blog, llevamos el Do a la formación como integración. Cuando hablo de formarse en Reiki, no lo hago desde la idea de aprender una técnica ni de avanzar por una serie de niveles. Lo hago desde la experiencia. Para mí, Reiki es un Do, un Camino, y eso cambia por completo la manera de entenderlo y de vivirlo. A lo largo de los años he visto a muchas personas acercarse a Reiki con curiosidad, con necesidad o con ilusión. Algunas comienzan el camino, pero no todas permanecen. Y lo entiendo. Reiki, cuando se vive de verdad, exige compromiso, honestidad y una disposición sincera a mirarse por dentro. No siempre es cómodo. Cuando en Oriente se habla de Do, se habla de una forma de vida. El Bushido, el Tao o el Dharma no son sistemas de conocimiento, sino caminos de transformación. No buscan acumular información, sino soltar lo que sobra: calmar la mente, ordenar el corazón y ampliar la conciencia. Desde ese lugar entiendo yo el Reiki. El Reiki japonés original nació con este espíritu. No como una terapia rápida ni como un conjunto de técnicas que se aplican de forma mecánica, sino como una práctica sencilla y profunda, orientada al crecimiento interior. Con el tiempo, y especialmente con su llegada a Occidente, Reiki fue adoptando una forma más estructurada y terapéutica dejando de lado buena parte del trabajo personal. Ese enfoque, el llamado Reiki occidental, es útil y accesible, y yo mismo lo valoro como parte del proceso. Sin embargo, cuando el trabajo personal se vuelve una prioridad, suele quedarse corto. Por eso, en mi práctica y en mi forma de enseñar, el centro no es la técnica, sino el proceso interior. En el Komyo Reiki D o, la práctica diaria, la actitud y el desarrollo de la conciencia son esenciales. Sin ese trabajo personal, Reiki pierde profundidad y sentido. Mi formación integra distintas influencias que, lejos de contradecirse, se complementan: el Reiki japonés tradicional (Komyo Reiki Do ) como base del Camino, el Reiki tibetano por su valor terapéutico, y aportes del Qigong, el Taoísmo y el Budismo esotérico japonés, que amplían la comprensión energética y espiritual del ser humano. Todo ello se sostiene desde una mirada ética y profesional, en constante actualización alineada con la Federación Europea de Reiki Profesional. Recorrer el Do a través del Reiki implica, al menos para mí, dejar de buscar soluciones rápidas y atreverse a vivir con mayor coherencia. No hay atajos reales. El Camino se transita paso a paso, integrando la práctica en la vida cotidiana. El trabajo por niveles es todo un proceso: En Shoden , el primer nivel, el trabajo se centra en el cuerpo físico y en la estructura energética. Es una etapa de alivio, de desbloqueo y de toma de contacto. Aquí comienza, de verdad, el trabajo personal. En Chuden , el foco se desplaza hacia el plano emocional y mental. Empiezan a hacerse visibles los patrones internos y la forma en que las emociones no resueltas afectan al cuerpo y a la energía. Esta etapa suele ser reveladora y, en ocasiones, confrontadora. También es profundamente transformadora. Okuden representa el trabajo interior profundo. Aquí el concepto de karma deja de ser algo abstracto y se vuelve experiencia directa. Comprender cómo nuestros pensamientos, palabras y acciones generan consecuencias reales cambia la manera de vivir. Este nivel suele marcar un antes y un después en el camino personal y espiritual. Con el tiempo comprendí que el crecimiento personal, aunque fundamental, no es lo mismo que el ejercicio profesional. Por eso, la formación como Terapeuta Profesional de Reiki requiere un recorrido específico, más largo y más exigente. En él se integran presencia terapéutica, ética, trabajo personal avanzado y práctica clínica responsable. Solo desde ahí considero coherente ofrecer Reiki de forma profesional. La Maestría Reiki (Shinpiden) ocupa un lugar muy distinto. No la entiendo como un título ni como un objetivo, sino como una consecuencia natural de haber caminado durante años. No es un curso rápido ni una sintonización puntual. Es una responsabilidad profunda que solo tiene sentido cuando el Camino ya ha sido vivido e integrado. Este no es un camino de prisas ni de misticismos vacíos. Reiki no necesita ser idealizado. Se muestra tal como es, con sus luces y sus sombras. Y precisamente por eso transforma. A día de hoy, no me considero “maestro de Reiki” en un sentido grandilocuente. Me considero un practicante que sigue caminando. Si algo he aprendido es que el verdadero aprendizaje no está en enseñar Reiki, sino en vivirlo. Si en algún momento decides recorrer este Camino, y sientes que mi forma de entenderlo resuena contigo, será un honor acompañarte. ________________________________________ A.Luis Asencio Maestro de Reiki Usui Tibetano, Usui Tradicional Japonés-Komyo Reiki-do, Karuna Reiki y Sekhem Seichim Reiki (Reiki Egipcio). Terapeuta profesional de Reiki. Este texto nace de la práctica personal, la experiencia continuada y la enseñanza del Reiki-Do a lo largo de los años. No responde a un discurso teórico, sino a un camino vivido.

Dentro del mundo del Reiki hay una palabra que no siempre se menciona, pero que sostiene todo lo que hacemos: el “Do”. Aunque suele traducirse como camino o sendero, en realidad habla de algo más profundo. No es solo un trayecto, sino una manera de vivir, de pensar y de relacionarnos con la energía y con nosotros mismos. Hablar del Do es recordar que Reiki no nació como una técnica para “hacer”, sino como una senda para ser. El Do: más que una idea, una vivencia En varias disciplinas japonesas —como el Aikido, el Kendo o el Chado— el Do representa un proceso constante de refinamiento interno. No es buscar la perfección como un trofeo, sino cultivarla día a día. En Reiki pasa igual: el Do es una invitación a un estilo de vida basado en la paciencia, la humildad y la presencia. Quien entiende el Do deja de obsesionarse con resultados rápidos. Empieza a mirarse, a escucharse y a reconocerse dentro de un movimiento más grande. Con el tiempo, Reiki deja de sentirse como un conjunto de técnicas y se vuelve un espejo que muestra lo que somos. Caminar el Do es aprender a soltar la urgencia del “hacer” Hoy todo se mide en prisa, certificados o productividad. El Do nos recuerda otro ritmo: el del tiempo profundo. Ese tiempo donde las experiencias se sedimentan, donde la comprensión madura y donde el corazón entiende antes que la mente. Muchos llegan al Reiki queriendo aprender símbolos o posiciones. Pero quienes se quedan descubren que el verdadero trabajo sucede hacia dentro. La maestría no está en lo que se ve, sino en los cambios silenciosos de la vida diaria: -En cómo reaccionamos ante un conflicto. -En la forma en que escuchamos. -En la capacidad de acompañar sin controlar. -En la presencia que ponemos en cada gesto. Ahí es donde Reiki muestra su rostro más honesto: un camino que nos devuelve a nosotros mismos. El Do como práctica viva Hablar del Do en Reiki también implica hacernos responsables de nuestro crecimiento. No se trata de idealizar la energía ni de depender de ella, sino de integrarla en la vida cotidiana. El Do nos invita a: -Caminar con conciencia, incluso en el caos. -Aceptar nuestra imperfección y la de los demás. -Ver la energía como algo natural, no como algo lejano o misterioso. -Sostener una ética personal basada en la coherencia y la compasión. Desde esta mirada, Reiki deja de ser algo que hacemos de vez en cuando y se vuelve una manera de vivir con mayor intención y claridad. El “Do” nos pide encarnar, no repetir Hay personas que estudian Reiki para memorizar pasos o sumar diplomas. Pero el Do nos pide algo más profundo: encarnar la enseñanza. No repetir fórmulas, sino permitir que cada sesión, cada meditación y cada encuentro se conviertan en un recordatorio de quiénes somos. El Do es la parte de Reiki que no puede enseñarse con palabras, solo transmitirse con la experiencia. Es la madurez que surge de los silencios, de los tropiezos y de las veces en que volvemos a centrarnos después de habernos perdido. Reiki como camino de regreso En el fondo, el Do es un regreso: volver al cuerpo, a la respiración, al presente, a esa calma que siempre ha estado ahí aunque a veces la olvidemos. Es reencontrarnos desde un lugar más simple, más humano y menos condicionado por lo que pasa afuera. Cuando entendemos el Do, dejamos de ver Reiki como una herramienta y lo reconocemos como un compañero. Una presencia que nos recuerda que la transformación empieza adentro y que cada paso —por pequeño que sea— nos acerca a una vida más consciente. En conclusión El significado real del Do en Reiki no está escrito en ningún manual. Se encuentra en la manera en que vivimos, sentimos y compartimos la energía. En la presencia con la que actuamos, en la humildad con la que aprendemos y en la coherencia con la que seguimos avanzando. Reiki es técnica, sí, pero sobre todo es Camino. Un camino que se recorre con los pies bien puestos en la tierra, el corazón dispuesto y la conciencia despierta. El Reiki-Do, la Vía Reiki.

Cuando comencé a formarme en Reiki, las grandes federaciones aún no existían y muy pocas personas sabían realmente de qué se trataba. Era un sendero que apenas comenzaba a abrirse paso, lleno de curiosidad, respeto y una sensación profunda de transformación interior. En esos primeros años, mi búsqueda fue constante y honesta: quería comprender el sentido real del Reiki, más allá de la técnica y los símbolos. Con el paso del tiempo, mi formación fue creciendo hasta completar siete maestrías. No por acumular títulos, sino por seguir evolucionando. Cada maestro, cada escuela y cada experiencia me aportaron algo distinto: una mirada nueva, un matiz, una comprensión más profunda. Así fui construyendo un método de trabajo más humano, más consciente y fiel a los principios originales. Para mí, Reiki siempre ha sido un camino de vida, no un diploma colgado en la pared. A lo largo de estos años también he visto cómo el mundo del Reiki ha cambiado. En muchos espacios, el enfoque se ha ido desviando hacia lo comercial, hacia formaciones rápidas y superficiales que dejan de lado lo esencial: el desarrollo personal y la conexión verdadera con la energía. Por eso, hoy valoro enormemente el trabajo de la Federación Europea de Reiki Profesional, un espacio coherente, seguro y honesto. Un lugar donde se cuida la calidad, la ética y el respeto hacia esta práctica, lejos del sensacionalismo y la falta de rigor que tanto la han afectado. Comparto totalmente lo que dice Víctor Fernández, presidente de la Federación: profesionalizar Reiki no es burocratizarlo, sino dignificarlo. Significa que tanto quien enseña como quien practica lo hagan con conocimiento, humildad y compromiso. Que mantengamos vivo el espíritu del crecimiento personal, la investigación y la evolución interior. Que no caigamos en repetir fórmulas vacías, sino que vivamos el verdadero sentido del “Camino” —el Do— que Reiki nos invita a recorrer. Hoy, más que nunca, creo en un Reiki que sana, que libera y que despierta. Un Reiki real, sin adornos, con los pies bien puestos en la tierra y el corazón abierto. Un Reiki que transforma, que nos enseña a mirarnos con compasión y a mirar al otro con empatía. Ese es el Reiki que comparto en mis cursos y formaciones: un camino para reconectar con uno mismo y con la energía universal, desde la autenticidad y la práctica consciente. Un Reiki profesional, humano y transformador.

Elegir el curso adecuado para tu formación en reiki es una decisión crucial que puede influir significativamente en tu desarrollo personal y profesional si deseas dedicarte a ello. Este artículo quiero dar los puntos básicos sobre los aspectos fundamentales a tener en cuenta para asegurar que tu elección sea la más acertada y beneficiosa. Lo más económico no siempre es lo mejor: Uno de los errores más comunes al seleccionar un curso sea de reiki o cualquier otro tipo, es dejarse llevar únicamente por el precio. Aunque es natural querer ahorrar dinero, optar por la opción más económica no siempre garantiza la mejor calidad de formación. Es esencial evaluar el contenido del curso, las credenciales del maestro y los recursos disponibles antes de tomar una decisión basada únicamente en el costo. Una inversión mayor en un curso de alta calidad puede resultar más beneficiosa a largo plazo. Por desgracia hay muchos lugares donde optan por una bajada de precio para llenar cursos de dudosa calidad. Llevo más de 20 años en reiki y he visto docenas de alumnos que venían rebotados de formaciones donde salieron prácticamente como entraron, y tuvieron que repetir el curso por haber elegido mal. La duración de la formación es importante, siempre que no se rellene de temas innecesarios: Otro factor crucial es la duración del curso. Un curso demasiado corto puede no proporcionar suficiente tiempo para aprender y asimilar los conocimientos, mientras que uno demasiado largo puede incluir temas innecesarios que no aportan valor real. Es fundamental encontrar un equilibrio, optando por formaciones que ofrezcan una educación completa y concisa, centrada en los aspectos más relevantes y prácticos de la materia. Por otro lado saber que busco. En mi caso, que ofrezco la formación en reiki con base de reiki japonés tradicional, incluyo los aspectos prácticos más relevantes del occidental, pero hay dos formaciones distintas; al realizar la formación por niveles, su contenido está orientado básicamente al desarrollo personal y espiritual y su uso en el ámbito personal y familiar. Formarse como terapeuta si te quieres dedicar a reiki, no lo harás en un taller de un día o fin de semana. Se trata de un trabajo más profundo que requiere depuración personal, y prácticas y técnicas terapéuticas que no se aprenden en 2 días. Dar con el maestro adecuado: La calidad del maestro es uno de los aspectos más determinantes en la efectividad de la formación. Un buen maestro debe no solo tener un conocimiento profundo del tema, sino también la habilidad de transmitirlo de manera clara y motivadora. Investiga sobre la experiencia y las metodologías de enseñanza del maestro antes de inscribirte en un curso. Las opiniones y recomendaciones de exalumnos pueden ser de gran ayuda en esta etapa. El respaldo de una federación o entidad que garantice la formación: Contar con el respaldo de una federación o entidad reconocida puede añadir un nivel de garantía y credibilidad a la formación que estás considerando. Por ejemplo, la Federación Europea de Reiki Profesional es una entidad que garantiza estándares de calidad en la enseñanza del Reiki. Este tipo de respaldo asegura que el curso ha sido evaluado y cumple con ciertos criterios de excelencia, lo que puede ser un indicador fiable de su calidad. Además en este caso se trata de un programa que se actualiza y pone al día constantemente, gracias a la labor de todos los que componen la federación. Que el maestro sea experimentado y con la formación adecuada: Finalmente, es crucial que el maestro no solo tenga experiencia en la materia, sino también en la enseñanza de esta. Un maestro de reiki con años de experiencia práctica puede proporcionar una educación más rica y efectiva. Asegúrate de que el curso que elijas esté dirigido por profesionales con un historial comprobado. En resumen, elegir el curso adecuado para tu formación requiere una evaluación cuidadosa de varios factores. Tomarse el tiempo para investigar y considerar aspectos como el costo, la duración, la calidad del maestro y el respaldo de entidades reconocidas puede marcar una gran diferencia en tu formación y en los resultados que obtendrás.

Estaba amaneciendo… Descalzo, sentado en la arena, frente al mar, divisaba el horizonte; mis manos hundidas en la arena, sentían aún la calidez de la tierra; mi mirada se dirigía al este donde los primeros rayos del sol naciente comenzaban a despuntar. Con cada respiración, el olor a mar y la húmeda brisa llenaban mis pulmones mientras el suave sonido de las olas parecía mecerme con la ternura de una madre. Mis ojos se perdían en el intenso azul del mar, coronado por los brillantes colores del amanecer. Suaves dorados, tonos rojizos, azules que iban cambiando su intensidad… Un murmullo procedente del agua, llamó mi atención. Eran cantos… Una canción triste, profunda; una canción que me elevaba y llenaba de luz y energía cada átomo de mi cuerpo. Eran cantos… cantos de ballena, cantos de delfines… Despierta, abre los ojos, me decían… Abrí los ojos; el silencio llenaba mi habitación. A mi derecha el reloj marcaba las 7:50 de la mañana. Dos vueltas en la cama para buscar posición, pero ya no podía seguir durmiendo. En dos minutos el suave golpeteo del agua bajo la ducha terminó de traerme al nuevo día. Hoy no trabajaba, así que me senté en el salón con una taza de té caliente y el mando de la televisión. Los informativos de la mañana llenaban la programación. Noticias sobre inundaciones, terremotos. Informes económicos más incompletos que incomprensibles y demagogia barata sobre la crisis y su recuperación. En otro canal, juicio por asesinato; el último caso de malos tratos y violencia, pederastia… Nuevo cambio de canal; en esta ocasión los consabidos cotilleos superficiales que nos alejan de nuestra vida para meternos en cuentos ajenos que en realidad no nos interesan. Apagué el televisor, cogí la chaqueta y me dirigí a la calle. La mañana era fresca, aunque el olor a humo de los coches y el ruido de sus motores asaltaban mis sentidos. En la calle, decenas de personas se dirigían como autómatas a sus destinos matutinos. Rostros aun somnolientos, inexpresivos, que como máquinas se dirigían a sus trabajos y quehaceres. Ninguna sonrisa, ninguna emoción. Paré delante del quiosco de prensa. Los titulares de los periódicos no eran mejor que la televisión; titulares sensacionalistas para captar la atención y desastres; al otro lado revistas del corazón, actividades sobre motor, caza, deportes… Evasión y más evasión para lo que no se quiere ver… Me duele pensar que vivimos dormidos. Trabajamos, dormimos, consumimos. Nos llenan la cabeza de estímulos que nos manipulan, y me pregunto ¿con qué fin? La gente parlotea pero no se comunica; destrozamos nuestro entorno y esperamos que sean otros los que busquen solución. Esos otros que nos idiotizan a través de los medios. Nuestras emociones se trastornan; no expresamos, no hablamos, no amamos. Nos movemos interesadamente y por la imagen. Buscamos lo que no tenemos, pero dejamos de lado lo que importa. Eso que sólo encontraremos mirando a nuestro interior, abriendo nuestro corazón, sintiendo cada momento y centrando nuestra atención. Necesito escapar… Crucé la calle y me adentré en el parque que hay junto a mi casa. Busqué un refugio, entre los árboles, cerca de un pequeño estanque, donde desapareciera el ruido y dónde los rayos del nuevo sol, me envolvieran con su cálida luz. Ahora sentado sobre la hierba y en este pequeño refugio de paz, vuelvo a encontrarme. Siento como la energía de Gaia ahora sin el asfalto por medio, va cargando mi cuerpo, y despierto… Ahora, veo y sé que no soy el único despierto. Cada vez somos más los que queremos poner luz a nuestras vidas y despertar. Oír el canto de ballenas y disfrutar. Ser conscientes y frenar a aquellos que no ven; abrirles los ojos. Ahora veo el mensaje de mi sueño… Despierta, abre los ojos…

Cuantas veces perdemos oportunidades por no estar donde nos encontramos… Acompañamos a nuestros familiares y estamos pendientes del teléfono; compartimos tiempo con la pareja y pensamos en el trabajo. Llenamos la mente de añoranzas del pasado y de lo que fue, o la ocupamos de anhelos y proyectos que están por llegar. Poco a poco perdemos nuestra vida viviendo en el pasado o en el futuro y muy lejos del aquí y ahora. Es importante centrarse en el momento, disfrutar de la compañía, las pequeñas y grandes cosas; quizá mañana no podamos hacerlo y nos arrepintamos del tiempo desaprovechado. Por qué tantas y tantas veces dejamos de decir cosas que sentimos y necesitamos expresar por miedos del pasado, o esperanza de encontrar un momento mejor. O en otras ocasiones, no disfrutamos de la compañía de los nuestros, apreciando el momento, las risas, la compañía, el olor y los colores, porque estamos en los quehaceres del día siguiente… No disfrutamos, ni aprovechamos porque no vivimos aquí, ni sentimos el ahora… Debemos comenzar a disfrutar de hoy, cerrar capítulos del pasado y dejar el futuro para mañana. Ser conscientes del momento, de lo que estamos viviendo. Decir un te quiero cuando nazca del corazón, y pedir un abrazo o dar un beso cuando lo sintamos. Compartir risas y momentos disfrutando de los mismos y aprendiendo de todo; lo bueno y lo malo. Que no nos detenga un rencor del pasado o nos quite la oportunidad un “lo dejo para mañana”. Seamos conscientes y vivamos aquí y ahora. Disfrutemos de lo que tenemos y de la compañía de los que queremos… A toda mi familia y a mis amigos, la gente próxima y la más distante; a aquellos que no lean estas líneas pero que están en mi corazón, a vosotros que me estáis leyendo, gracias por todo, os quiero.

Esta mañana al coger el metro, observaba a mi alrededor sin poder concentrarme en la lectura que me acompaña a esa hora… Miraba los rostros de todos los que como yo viajaban a sus destinos matutinos. Eran dispares, de distintas edades, sexos, razas, pero todos tenían el mismo fondo; todos a pesar de sus gestos compartían el que una vez fueron niños y jugaron y disfrutaron con la inocencia de la niñez; todos de una forma u otra han amado, reído, llorado, quizá mentido u odiado en algún momento… Son personas, con sentimientos, vida y una historia, como yo o cualquier otra persona cercana a mi… Pero allí en el metro, a esas horas, con los ojos todavía hinchados por el sueño, son una multitud, sin identidad; juzgados por su simple apariencia, en la que no incluimos lo que a todos nos une. Vemos el grupo y no al individuo. Juzgamos por el exterior y no por lo que haya detrás… Esta mañana al coger el metro, por un momento me paré, y dejé el bosque a un lado para ver los árboles, uno a uno, distintos pero iguales… Todos tenemos una vida que contar y todos hemos sido inocentes; ¿quién tiene derecho a juzgar…? Yo no estoy dispuesto…

A lo largo de nuestra vida pasa todo un escaparate de gente y amistades que dejan según su medida, mayor o menor huella. Hablo de los amigos… En unos casos simples conocidos que aparecen en una etapa de nuestra vida, y tal cual aparecen casi sin darnos cuenta desaparecen de la misma. En ocasiones podemos pensar que simplemente cumplieron su función en una etapa determinada, pero en otras y a pesar de los años, anhelamos aquellas conversaciones o aquella compañía que sin saber cómo acallaba nuestros temores, o sacaba lo mejor de nuestro interior. Sin saber cómo ni cuándo los dejamos escapar…Está claro que no sería posible mantener a todas esas personas que han significado algo en algún momento de nuestra existencia pero si a muchas de ellas que por pereza, descuido u otras excusas hemos ido apartando hasta perderlos en el tiempo. Cuanta gente nos ha importado y hemos dejado de lado. Incluso a veces gente que ha intentado por su parte mantener ese trato y ese contacto, a través de alguna llamada de aniversario o una nota ocasional; pero las obligaciones que en muchas ocasiones nos imponemos, la falta de tiempo que sólo nosotros nos creamos o la propia desidia nos hacen apartarnos cada vez mas, hasta que la relación desaparece en el olvido. Huelga enumerar las disculpas que utilizamos con afán autoindulgente; que si la familia me consume el tiempo, que si el trabajo me agobia, que si… Nada… Nosotros creamos la realidad en la que vivimos y distribuimos el tiempo según decidimos… Ahora propongo que meditemos un minuto; que pensemos en todas esas personas, no sólo con lazos de sangre, que a veces también sucede, sino aquellos amigos y amigas que en un momento dado fueron confidentes, y fueron especiales, que hemos ido apartando; que nos cuesta una llamada, o un recordatorio. El buscar un hueco en nuestra vida y mantenerlos con la madurez de una amistad que los años mismos afianzarán, y sin caer en la añoranza de la relación perdida. Sólo cogiendo papel y lápiz y repasando los últimos cinco años, seguro que surgen unos cuantos nombres. Paremos un momento para buscar en la agenda ese número y llamar… Dejemos de perder gente que nos importa. Busquemos una cita, un café, una salida. No alterará nuestras ordenadas vidas y si nos llenará de más amistad y amor. Dejemos de sentirnos solos, porque cuando ha sido así nosotros lo hemos buscado. Yo ahora os dejo, tengo que llamar por teléfono…

Si no lo veo, no lo creo…. Que recurrida frase que tanto oigo en la era de la información. No hablamos de la existencia de Dios u otros dogmas de fe, en absoluto; hablo de una realidad más cercana que se nos escapa ante el infinito bombardeo de información banal que nos rodea a través de la publicidad o los distintos medios de comunicación. Vivimos centrados en lo que nos cuentan, y creemos que es la realidad. Pero ¿qué es la realidad? Simplemente planteémonos cómo funcionan nuestros sentidos. Los ojos, nuestro sentido estrella, en el que más confiamos, son órganos bastante limitados. La luz y los colores que percibimos, es decir, el espectro electromagnético, es muy limitado, de hecho es lo que se denomina el espectro visible, ya que la mayor parte del mismo escapa a nuestro sentido de la vista. Este espectro electromagnético lo medimos según su longitud de onda. La proporción de longitud de onda que capta el ojo humano es entre los 380 nm hasta los 780 nm (1nm = 1 nanómetro). Por tanto, los campos del espectro de luz que comprenden los rayos cósmicos, los gamma, los rayos X, los Ultravioleta, todos ellos menores de 380 nm, son invisibles a nuestros ojos. Y los infrarrojos, mayores de 780 nm y todos los superiores se escapan también a nuestro sentido. La parte que percibimos en mínima. Si pasamos a nuestro sentido del oído, vamos a hablar de frecuencias de sonido. El oído humano percibe frecuencias entre los 20 Hz y los 20.000 Hz. Frecuencias menores a los 20 Hz son captadas por animales como los elefantes o los topos. Por otro lado, animales como los perros y gatos, perciben frecuencias de sonido de hasta 40.000 Hz, doblando la percepción humana; eso sin nombrar a especies como los murciélagos o los delfines que llegan casi a los 160.000 Hz., sin ser éstas las frecuencias más altas. Por otra parte si tenemos en cuenta que nuestro cerebro discrimina automáticamente buena parte de la información recibida por nuestros sentidos, ya sea por educación, experiencias personales previas y personalidad, entonces comprenderemos que la información recibida es mínima y subjetiva, y que solo percibimos una mínima parte de la realidad. Este es el punto donde hay que hacer una llamada de atención, y ser conscientes que la realidad abarca mucho más de lo que podemos percibir e interpretar con nuestros sentidos. Es el momento de investigar e ir más allá. Llegó la hora de no cerrarnos a una realidad que como en un Matrix, nos han inculcado. El momento de buscar es ahora, y la búsqueda va más allá de lo que nos cuentan y de nuestros sentidos físicos…


