Despierta, abre los ojos...
Estaba amaneciendo… Descalzo, sentado en la arena, frente al mar, divisaba el horizonte; mis manos hundidas en la arena, sentían aún la calidez de la tierra; mi mirada se dirigía al este donde los primeros rayos del sol naciente comenzaban a despuntar. Con cada respiración, el olor a mar y la húmeda brisa llenaban mis pulmones mientras el suave sonido de las olas parecía mecerme con la ternura de una madre.
Mis ojos se perdían en el intenso azul del mar, coronado por los brillantes colores del amanecer. Suaves dorados, tonos rojizos, azules que iban cambiando su intensidad… Un murmullo procedente del agua, llamó mi atención. Eran cantos… Una canción triste, profunda; una canción que me elevaba y llenaba de luz y energía cada átomo de mi cuerpo. Eran cantos… cantos de ballena, cantos de delfines… Despierta, abre los ojos, me decían…
Abrí los ojos; el silencio llenaba mi habitación. A mi derecha el reloj marcaba las 7:50 de la mañana. Dos vueltas en la cama para buscar posición, pero ya no podía seguir durmiendo. En dos minutos el suave golpeteo del agua bajo la ducha terminó de traerme al nuevo día. Hoy no trabajaba, así que me senté en el salón con una taza de té caliente y el mando de la televisión.
Los informativos de la mañana llenaban la programación. Noticias sobre inundaciones, terremotos. Informes económicos más incompletos que incomprensibles y demagogia barata sobre la crisis y su recuperación. En otro canal, juicio por asesinato; el último caso de malos tratos y violencia, pederastia… Nuevo cambio de canal; en esta ocasión los consabidos cotilleos superficiales que nos alejan de nuestra vida para meternos en cuentos ajenos que en realidad no nos interesan.
Apagué el televisor, cogí la chaqueta y me dirigí a la calle. La mañana era fresca, aunque el olor a humo de los coches y el ruido de sus motores asaltaban mis sentidos. En la calle, decenas de personas se dirigían como autómatas a sus destinos matutinos. Rostros aun somnolientos, inexpresivos, que como máquinas se dirigían a sus trabajos y quehaceres. Ninguna sonrisa, ninguna emoción.
Paré delante del quiosco de prensa. Los titulares de los periódicos no eran mejor que la televisión; titulares sensacionalistas para captar la atención y desastres; al otro lado revistas del corazón, actividades sobre motor, caza, deportes… Evasión y más evasión para lo que no se quiere ver…
Me duele pensar que vivimos dormidos. Trabajamos, dormimos, consumimos. Nos llenan la cabeza de estímulos que nos manipulan, y me pregunto ¿con qué fin? La gente parlotea pero no se comunica; destrozamos nuestro entorno y esperamos que sean otros los que busquen solución. Esos otros que nos idiotizan a través de los medios.
Nuestras emociones se trastornan; no expresamos, no hablamos, no amamos. Nos movemos interesadamente y por la imagen. Buscamos lo que no tenemos, pero dejamos de lado lo que importa. Eso que sólo encontraremos mirando a nuestro interior, abriendo nuestro corazón, sintiendo cada momento y centrando nuestra atención.
Necesito escapar…
Crucé la calle y me adentré en el parque que hay junto a mi casa. Busqué un refugio, entre los árboles, cerca de un pequeño estanque, donde desapareciera el ruido y dónde los rayos del nuevo sol, me envolvieran con su cálida luz. Ahora sentado sobre la hierba y en este pequeño refugio de paz, vuelvo a encontrarme. Siento como la energía de Gaia ahora sin el asfalto por medio, va cargando mi cuerpo, y despierto…
Ahora, veo y sé que no soy el único despierto. Cada vez somos más los que queremos poner luz a nuestras vidas y despertar. Oír el canto de ballenas y disfrutar. Ser conscientes y frenar a aquellos que no ven; abrirles los ojos.
Ahora veo el mensaje de mi sueño… Despierta, abre los ojos…












